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pan y rosquetes
alguien dejó en mi puerta
amaneciendo



María Gutiérrez

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Raíces

  Toda la vida negándome a venir y ahora no quiero irme de la isla. Y aquí estoy, metiendo tiempo, dinero y energía en restaurar la casa donde nació el viejo, y a la que jamás pudo regresar, el pobre, sino en una urna de e porcelana, tanto como deseaba volver a disfrutar de sus pagos. Muerto tan lejos y tan solo. Quiero terminarla, acabarla con mis manos, por él y por mi, por la familia. Transitar los caminos y cercados que recorriera en su juventud y sembrar papas y cosechar fruta, tal como hizo. La ubicación es ideal, en un llano junto a la ladera del barranco, entre cercados, con un patio amplio y empedrado, protegido por el paredón bajo, incólume, donde hace mucho tiempo se sentaron mis abuelos a charlar, y antes los suyos, como hago las tardes calmas, sintiendo el aire fresco del barranco; sin nada alrededor que perturbe la quietud, y con unas vistas incomparables. Desde la puerta arranca el mundo, nada entre mis ojos y el horizonte, detrás la montaña, y a los pies el volcán q...

iLa veo!

  Emerge del bostezo de la bruma y los ojos maguados se me llenan de pejes verdes, de tridentes, y del cuerpo pálido, desnudo, con la espalda erguida, como Neptuno cabalgando sobre una hermosa ballena blanca que se desvanece de nuevo en la neblina. Cuando la descubrió en el horizonte la reconoció inmediatamente: aquel inmenso valle de nubes escoltado por laderas escarpadas que ascendían en montes frondosos no era La Palma. Gritando su nombre corrió en busca de testigos, pero cuando llegaron a la cubierta la isla no estaba. Sin poder desprenderse de su imagen, dedicó los siguientes 10 años a buscarla, al frío de babor del Oeste en las travesías, o desde el malecón en tierra, escudriñando los celajes, esperándola, hasta que una tarde partió en su busca y la vieron zambullirse en la mar con el brío de la esperanza, y en el mismo punto en el que la había avistado desapareció en las aguas negras. Me la tropecé la primera vez volviendo de La Gomera, jinete de las olas, corcoveando hacia ...
Niña con gato Soy yo. Esa niña pequeña con gato soy yo. La miro desde la puerta. No está Nani, ni Tata, pero soy yo en el patio de Madre Herminia. Un día precioso. La luz, las flores, mi sonrisa mofletuda. Sola, con ese tigre manso en brazos a la sombra del macizo, hago un alto a la vuelta de la cacería, un descanso triunfal para posar orgullosa con mi pieza. Sola. Sin miedo. Miro al futuro. Me miro y no reconozco esa madurez que me escudriña, que se asombra del tesón de la inocencia que fue. Tan lejos esa mujer que me observa desde la puerta. Tibio mi gato sobre el peto, suave. Lo agarré en la huerta y se dejó. Mi gato amarillo, Sultán. Sola. Y me vuelve la voz de Madre Juana, y su guayaba dulce me inunda la boca. Caña limón y mejorana, zotal y   reina luisa aroman la tarde. Sola. Flequillo y coletas, calzón de granjera. La mujer que quise ser.