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Raíces

 


Toda la vida negándome a venir y ahora no quiero irme de la isla. Y aquí estoy, metiendo tiempo, dinero y energía en restaurar la casa donde nació el viejo, y a la que jamás pudo regresar, el pobre, sino en una urna de e porcelana, tanto como deseaba volver a disfrutar de sus pagos.

Muerto tan lejos y tan solo. Quiero terminarla, acabarla con mis manos, por él y por mi, por la familia. Transitar los caminos y cercados que recorriera en su juventud y sembrar papas y cosechar fruta, tal como hizo.

La ubicación es ideal, en un llano junto a la ladera del barranco, entre cercados, con un patio amplio y empedrado, protegido por el paredón bajo, incólume, donde hace mucho tiempo se sentaron mis abuelos a charlar, y antes los suyos, como hago las tardes calmas, sintiendo el aire fresco del barranco; sin nada alrededor que perturbe la quietud, y con unas vistas incomparables. Desde la puerta arranca el mundo, nada entre mis ojos y el horizonte, detrás la montaña, y a los pies el volcán que agrandó isla, una cuna cálida, oscura, erosionada, como la piel del viejo Ángel, que me ayuda en las faenas. Obra de reforma interior y una lavada de cara final con cal. Quedará preciosa. El lugar donde vagan los espíritus de mis antepasados. Un refugio para escribir, para conversar y jugar con los amigos, echándonos unos tragos, sentir la guitarra de Celestino y la voz de la Yayita entonando una folía, y se me llenará el pecho de pájaros que me salten las lágrimas recordando a los viejos.

Aquí tengo el plano, en la cabeza. En la fachada, ventanales hermosos sobre la costa quemada, como soñaba mi padre, y ojalá pudiera admirar el paisaje mientras cocinamos o jugamos una partida de dominó. A la izquierda una cocinita con lo imprescindible y vistas al pueblo lejano. Al fondo baño y ducha amplios, con mucha luz natural, mirando al monte. A la derecha organizaré la zona de trabajo, y el espacio central despejado, ideal para jugar o armar la parranda. Construiré un altillo sobre el baño con un par de camas, para las visitas, de un fin semana, ¿eh?, dos días y para casa, nada de instalárseme aquí, que después ni escaldados con agua hirviendo... La Palma se ha puesto de moda y ahora todos quieren venir.

En paz, mientras recoloco tejas y enjalbego, me gusta pensar que, llegado el momento, alguien dispersará mis cenizas en la vertiente Este, donde deposité las de mi padre, y permanecer juntos bajo el cielo azul de la tierra que lo vio nacer.

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