Mis genes me han dotado de un esqueleto pobre, de huesos frágiles, de una sangre de glóbulos rojos deformados que se rompen frente a la más pequeña amenaza. También han determinado que sufra una miopía de topo, de frotar la nariz contra los libros, y que tenga los pies chicos, fríos además, y las manos también pequeñas y heladas. Me han legado un pelo chungo, chungo, propio de los de la saga de Herminia, que clarea por días, como dice mi primo, y una mala leche... Ese pronto que pretende matar las pulgas con carabina, ese impulso incontrolable que termina arrasando lo que quiere sanar. Estos días oscuros en los que las calles huelen a cuerno quemado, y se agota el gel hidroalcohólico, ahora que me ronda la parca queriendo arrancarme el corazón a dentelladas, canto a mis genes. Les canto y les doy las gracias, porque una y otra vez me alzan, me activan... me elevan en risas contra el dolor, con amor contra a la ira, de coraje contra la mezquindad, y, cuando todo parece derrumbarse...
Para Etherline Mikeska, con afecto Cuando luna y marea se unen cada noche amarga cada día de dolor es la luz a uno y al otro lado del mar en las riberas de los ríos en los cerros descarnados de la sierra y la estepa junto al maletín o al poncho se trincan los muslos de las niñas heridos bajo los ojos voraces de lobos que celan las flores de la cuna y sus pétalos de leche. María Gutiérrez