Pardeliando íbamos a fumarnos los petas al descampado del cementerio. Aparcados en el terraplén, entre calada y calada, observábamos cómo el mundo se diluía en la penumbra. Mi amigo Andrés llevaba en el coche un mechero calavera, tamaño real, como la de Hamlet, que su hermano le había traído de Alemania. Cuando se acercaba a prender el porro dos focos rojos, potentes, lo transfiguraban en un espectro encendido que metía miedo; yo me encogía en el asiento y el camposanto se prolongaba hasta la alfombrilla. Se apretaban las sombras y los cipreses y las cruces se iban transformando en figuras extrañas que se estremecían, palpitando entre las columnas brillantes que brotaban de la tierra, y me daba por pensar que eran los muertos que abandonaban sus tumbas y ascendían. Es el fósforo de los osarios, decía mi amigo, la luz de los difuntos, y yo, en la bruma del chocolate, tomaba el cráneo entre las manos como dictó Shakespeare y repetía las palabras de mi abuelo, no somos nada, no somo...
Llueve y cuando llueve en La Laguna no te mojas el pelo ni las gafas porque cuando llueve en La Laguna llueve del suelo llueve del revés calladita cala la humedad de la vieja laguna que puja por brotar de nuevo el agua trepa las perneras poquito a poco hasta los labios sin salpicar silenciosa y avanzas ligerita con los pies empapados tras las sotanas San Agustín arriba aterida como perchaba mi abuela por la Calle del Agua. María Gutiérrez