En memoria de Iris y de las miles de mujeres asesinadas a manos de quienes dicen quererlas.
Los cobardes estaban dentro. Después de buscar la información y planificar concienzudamente, esperó vigilando la puerta. Eran cómplices. Cuando hubo salido del bar la última mujer, tecleó el número del móvil prepago que por la mañana había dejado en el baño de señoras conectado al explosivo plástico. La habían dejado morir, mirando cómo la hoja encelada la atravesaba robándole la sangre y el aire a cada golpe. Culpables. Y marcó, tranquila, para mandarlos al mismo limbo que ellos destinaron a Iris.
María Gutiérrez

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