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foto: Raúl Díaz (flickr, La graja)

Tarde de cine

La parada de la guagua era una verbena. Risas y fiestas. Piropos a las muchachas que pasaban y saludos grotescos, groserías a los conductores que osaban amonestarnos.
Brillantes cabezas de domingo talladas en surcos de espuma. Fijado el pelo. Sueltas las lenguas. Y el aroma dulzón de las vírgenes entre las piernas. Dulces domingos de tabaco y celuloide, novias y cotufas.
Largos domingos de tracas de pajas apuradas.
Subió el tercero. Delante de mí. Y vi cómo de repente se le contrajo la espalda. Se irguió y selló los labios. Metió el bono en la ranura y se sentó. Se le fueron los ojos al agua y apretó la dignidad entre los dientes, ausente de la algarabía del asiento trasero.
Bajó la guardia en el descanso cuando le estalló el último mixto a Pedro en la cara.
¿Qué coño le pasa a éste?
¿No te acuerdas del hijoputa de su viejo? Conducía la guagua.

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