Emerge del bostezo de la bruma y los ojos maguados se me llenan de pejes verdes, de tridentes, y del cuerpo pálido, desnudo, con la espalda erguida, como Neptuno cabalgando sobre una hermosa ballena blanca que se desvanece de nuevo en la neblina. Cuando la descubrió en el horizonte la reconoció inmediatamente: aquel inmenso valle de nubes escoltado por laderas escarpadas que ascendían en montes frondosos no era La Palma. Gritando su nombre corrió en busca de testigos, pero cuando llegaron a la cubierta la isla no estaba. Sin poder desprenderse de su imagen, dedicó los siguientes 10 años a buscarla, al frío de babor del Oeste en las travesías, o desde el malecón en tierra, escudriñando los celajes, esperándola, hasta que una tarde partió en su busca y la vieron zambullirse en la mar con el brío de la esperanza, y en el mismo punto en el que la había avistado desapareció en las aguas negras. Me la tropecé la primera vez volviendo de La Gomera, jinete de las olas, corcoveando hacia ...
En un manto de tabaibas, cardoncillos y verodes, cuelga del risco sobre el océano. Entre el fresco verdor y el azul se abre al horizonte. El postrer destino, entre las palmas orgullosas y la mar que brama abajo. Las paredes blancas protegidas por muros de piedra y madreselva, se dan la mano en la portada de metal filigranado desde donde arranca el pasillo que divide el camposanto a la mitad, y avanza, flanqueado de cipreses, entre las tumbas sembradas de estrelitzias, dragos, matas de plátanos pujantes, teresitas y rosales, hasta los lejanos encajes blancos. Llegada la hora descansaré tranquila en un rincón de la esquina norte, al abrigo del viento, sintiendo la caricia del sol, con la maresía en la boca y el olor del callao, departiendo con los amigos una tarde más. -María Gutiérrez