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foto: Raúl Díaz (flickr, La graja)

Tarde de cine

La parada de la guagua era una verbena. Risas y fiestas. Piropos a las muchachas que pasaban y saludos grotescos, groserías a los conductores que osaban amonestarnos.
Brillantes cabezas de domingo talladas en surcos de espuma. Fijado el pelo. Sueltas las lenguas. Y el aroma dulzón de las vírgenes entre las piernas. Dulces domingos de tabaco y celuloide, novias y cotufas.
Largos domingos de tracas de pajas apuradas.
Subió el tercero. Delante de mí. Y vi cómo de repente se le contrajo la espalda. Se irguió y selló los labios. Metió el bono en la ranura y se sentó. Se le fueron los ojos al agua y apretó la dignidad entre los dientes, ausente de la algarabía del asiento trasero.
Bajó la guardia en el descanso cuando le estalló el último mixto a Pedro en la cara.
¿Qué coño le pasa a éste?
¿No te acuerdas del hijoputa de su viejo? Conducía la guagua.

La maldición del guirre

Tantos años, tan lejos de casa y aún se me representa. Veo la sombra en la arena y me resuena el toc-toc de su pata de palo en las losas del patio. La silueta del águila, la marca que llevaba Felipe: dos alas desflecadas que cernían en su mejilla desafiando a la brisa.
Salía de la casa y todos corríamos huyendo de la furia de su muleta. Gritaba. Con el ataque venía el dolor y aullaba encadenando nombres y lamentos, arañando con fuerza la cara queriendo arrancar la prueba de su desdicha: la maldición del guirre.
Se cumplió su destino. Cayó al pozo del agua. Quebró la pierna, y la razón, adherida al cieno que le vidrió los ojos, quedó en el fondo. Lágrimas y mocos, espumarajos de ira contra todo hasta rendirlo en su guarida, babeando vituperios en la almohada. El miedo lo empujaba, y como un espantapájaros animado, corría huyendo de la sombras para amparar su llanto en ellas. Avanzaba dando bandazos, mirando atrás, siempre alerta, evitando las emboscadas del enemigo agazapado en lo oscuro.
No pasa el horror con su muerte.
Vino con el guincho de la locura pintado en el rostro para planear sobre el universo de mis aves.

foto: Raúl Díaz (Flickr: La graja)
Eran pobres
Tenía ocho años y murió de susto, dicen. Murió antes de la quema del tifus, cuando muebles y enseres ardieron en la huerta y los niños fueron secuestrados en el Lazareto.
Desde que la encontraron acurrucada bajo el paredón de las charcas dormía sobre el cuerpo de la madre porque se le paraba el corazón cuando dejaba de sentir el suyo. Se estiraba sobre ella, aferrada a su cintura con la orejita pegada al pecho materno, aspirando cada poro el aliento de la mujer. Y sólo a su calor, ahuyentando horrores, se entregaba a un sueño pobre, sobresaltado.

Nada habría ocurrido si ese día amargo no se hubiese separado de la fila de hermanos para acudir a la llamada del croar de las charcas. Quiso verlas de cerca, hinchadas y lustrosas, deslizándose sobre las rocas lisas hasta caer como piedras rompiendo el espejo del agua; saltando y chapoteando en el fango como grandes pulgas acuáticas. Y fue allí, al  pie del paredón donde la encontraron, ora sollozando, ora gritando, entre estertores, desnuda y con los ojos como pequeñas ranitas de San Antonio a punto de estallar. Ya le habían roto el corazón y mientras la devolvían al vientre materno para morir de susto,  el viejo sapo babeante que vigilaba las charcas engullía su almuerzo.


(foto Raúl Díaz (La graja / Flickr)