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Justas

No quiero. No sé. No me sale.
Allí las dos, como dos pollabobas sentadas en nuestras sillitas, frente a mamá. Dos agujas cada una; la de la derecha al aire, la de la izquierda sujeta bajo el sobaco.
Venga, mira  tu hermana qué bien lo hace.
La miro y me asombra su destreza. Bailan codos y muñecas danzas de vientre ensartando hilos con choques de metal: tic-tac, tic-tac, crece la bufanda. Decrece su madeja, aumenta el abriguito de su muñeca; merma la lana y su rojo me pinta los cachetes.
Anímate. Ya verás que divertido es.
Que no, que no me sale.
La miro otra vez. El patuco casi está.
Quiero cabalgar. Enganchar sortijas con mi lanza. Embestir con ella al caballero negro y derribarlo. Dirijo al galope mi montura hacia él; golpeo su pecho con mi lanza y cae de su silla.
Ríndete, bellaco.
Levanto el yelmo para descubrir sus facciones y de debajo de la cesta de los hilos surge, enfurecida, la cara de mi madre.
Acabo de liberar a la princesa de las garras del malvado.

Foto: Raúl Díaz (La graja/Flickr)


Pasado mañana, jueves, 10 de diciembre, a las 19 horas, en el Exconvento de Santo Domingo, en La Laguna, presentaremos dos álbumes, El rancho de Cris y La mochila rosa, ilustrados por Nazara Lázaro e Isaac Correa, de cuyos textos soy autora. Editados ambos por Bellaterra, han sido publicados también en catalán, y pronto aparecerán en inglés. Estamos muy contentos y ¡allí nos vemos!


Gracias a mi amigo Raúl Díaz (La graja, enlace para su sitio en la red a la derecha), por la foto.

Gafas nuevas
Se me iban los días inclinada sobre colorines y cuentos de huérfanos extraviados en bosques remotos y hazañas de héroes con espadas; me tumbaba boca abajo en el suelo para contemplar durante horas en el atlas desgastado los países que visitaría de mayor. Acariciaba aquellos pedazos de tierra marrón con la yemita de mi dedo y aparecían las manadas de búfalos pastando en la llanura, que se arrancaban de repente en una estampida ciega, incierta;  los pingüinos corriendo hacia el agua sobre la plataforma de hielo; las nutrias gigantes retozando a la orilla del río; las manadas de elefantes atravesando la sabana, a vista de pájaro. Cada vez que lo abría era como abrir la puerta y adentrarme en el mundo. El mundo existía lejos, más allá de las fronteras de la isla. Fuera me esperaban tantas aventuras fascinantes; tantos países que un día exploraría…
Y quería saber más. Y preguntaba, y preguntaba, e imaginaba.
Mi atlas, los colorines, el diccionario, Twain, Verne. Los libros. Las palabras. Las palabras que explicaban y describían las cosas.   
Las palabras que se leían y podían escribirse. 
Contaba las cosas con tanta soltura que, por las tardes, todos sentados a la sombra del árbol grande, me ponían a narrar cuentos, a que les hablara de la vida en los desiertos, a que les describiera las islas de coral o la selva africana, hasta que nació primo Toni y me arrebató la audiencia.
Un día pude ver las hojas húmedas de un plátano, brillantes, una gota de agua en el tronco, y los dibujos de las  baldosas de la acera; detalles y nuevos perfiles en el aire. Todo nuevo con mis nuevas gafas de culo de botella y pasta canela. Todo lleno de objetos y colores. La calle, la escuela, la venta, brillaban. Limpias. Como si el sol alumbrara de repente el mundo tras una noche gris. Estaba maravillada.
Cuántas cosas puedo ver ahora, mamá. Qué bonito es todo.
Y quise contar el mundo visto con mis gafas nuevas. 
Tía

Para mis sobrinos, con amor.

Ata nos parió en casa, a Elenita y a mí, una madrugada fría y tormentosa de noviembre. Corría el barranco y Abuelo pedaleó cinco kilómetros bajo la lluvia, asustado por la negrura que los rayos rompían, para traer a la comadrona. Abuela había perdido ya un bebé en la clínica porque los médicos dejaron que se le cumplieran las horas sin alumbrarlo.
Así que vine al mundo en El Rosario, en pleno temporal, cinco minutos más tarde que Elenita. Ella y yo formamos un buen equipo.
Abuelo era estibador portuario, hombre lector y curioso que, tras los turnos en los muelles, se sentaba a leernos cuentos y nos contaba historias maravillosas.
Traía tejidos de países lejanos, del cambullón, pintados de selvas y bosques, de guepardos y jirafas, mostraba los libros prohibidos en silencio y daba a catar exquisitas frutas exóticas que nadie conocido había saboreado. Recortes de prensa y revistas extranjeras sacábamos los niños del fondo del armario bajo juramento de secreto.
Me enseñó a buscar en el atlas el origen de cada manjar, e inventaba una fábula de su periplo desde el mato hasta el frutero de la cocina. Así con cada cosa.
Ata nos despertaba trenzándonos el pelo con los romances y canciones de Abuela Juana que nos llevábamos a la escuela, como cintas de colores ondeando al viento. Y nos consolaba con  nanas y estribillos que hablaban de pan y camisitas mientras sus manos destilaban caramelos de trigo y buñuelitos.
Esa del ombligo que te gusta oírme nos la cantaba durante el baño.
Entre los cuentos de Abuelo, el misterio de sus libros y las voces melodiosas de los cantares de Ata, me enamoré de las palabras que preñan las fábulas y no pasa un día en que no lea un poema, escriba un verso o imagine una historia, para preñar también yo las fábulas de palabras.



Aquí les pego un vídeo que hice de mi último viaje a Argentina. Véanlo hasta el final que les gustará. Lo mismo aparecen y todo, jajaja... Hasta pronto, un abrazo

Mi calle 

Huele a madera de pino recién abierta. El chaplón de cemento bajo el árbol de Abuelo, la barra de la cantina de puertas bamboleantes atendida por bellas coristas,  es el banco donde se reúnen los adultos en la sobremesa, el casino de los sábados por la tarde y el asiento favorito de los visitantes que vienen para ser felices. Allí llega el aroma del naranjo chino de Padre Juan, y Comadre Zenaida con la verdura, y La señora María con su cajita de dulces, que dicen no usa bragas y mea de pie, protegida por sus enaguas, un enorme tipi que se acerca por el camino cada jueves.
Saboreo sus merengues pensando en su micción.

En mi callejón jugamos todos. A la lotería, al dominó, al envite, al tejo, a la comba. Mi calle la construyó Abuelo en un campo de cereales. Podemos explorar las huertas y las cuevas del barranco, escondernos en los tarajales a fumar cacarecas, coger ranas sin acercamos a las charcas grandes, volar las cometas… Mesitas de laja, vajilla de porcelana rota con potaje de penca visten mi hogar bajo el muro del aljibe, y tras el patio de abuela Juana tengo mi rancho y mi ganado a salvo de los cuatreros. Pero cuando mi callejón es el mejor del mundo es por la mañana, temprano, cuando llega el cabrero entre campanitas y ordeña a Mariposa en mi acera mientras la acaricio; cuando viene el cochinero a caballo, con su recua de mulas cargadas con seretas chillonas y los lechones invaden el patio. Cómo lo quiere, blanco o de raza. Cuando mamá recita tendiendo la ropa delante de casa, mientras jugamos a la cogida o al escondite. Cuando la manguera nos refresca del calor en verano y mi padre nos cuenta la historia de las estrellas tumbado en su colchoneta, a la fresca, en medio de la calle. Cuando Abuelo Agustín nos trae peras y uvas del Norte. Cuando Lo Divino alumbra el árbol. Cuando llegan las mascaritas con morisquetas de parodia. Mi calle es la mejor cuando salen la guitarra y el timple, el pandero y el acordeón. Entonces mamá canta y todos escuchan.
(de Chilajitos, Cíclope Editores)