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Impronta
El baifo de Pepa
A Pepa, mi vecina, se le murió una cabra en el parto, metió el baifito en el corral de la oveja-muflón y lo está criando con biberones. Desde entonces, trastocada la maternidad en el callejón, se desató un infinito desconcierto de balidos: el baifo llama a Mamápepa, la oveja-muflón llama al baifo, secuestrado por la humana, las cabras del corral, solidarias con el dolor de la inconsolable madre, balan contra semejante injusticia, y aquí ya no hay quién vivaaaaaaa… 



Manuel. Manuel la enamoró la primera vez que lo escuchó cantar. La enamoró  su alegría, la alegría con que se arrancaba, y el sentimiento que le despertaba dentro; se extasiaba viéndolo disfrutar con todo y riendo como un bobo por cualquier cosa, y el cuerpo de Catalina se encendía con la mirada impúdica de aquellas dos brasas que eran los ojos de Manuel.
Pasaba por delante de la venta de Don Domingo cuando lo oyó cantar, y se precipitó en el interior por descubrir al dueño de aquella voz, y el hombre, crecido, comenzó a serenatearla todos los sábados hasta que se casaron. Se habituó Catalina a que Manuel se presentara ese día ante su ventana, al oscurecer, acompañado por los gemelos de Lucio. Los hermanos provistos de acordeón y guitarra, que nunca atinó Catalina a saber quién tocaba cada instrumento, pero no le importaba si sentía la voz que, como la mistela, le calentaba el alma. Y se sentaba en el poyete y todo brillaba alrededor; el tiempo se paraba y crecía la esperanza. En ese rato no había desdichas y ella, de tanto gozo, temía morirse escuchándolo.
Manuel la contagiaba de las emociones que le presentía. Cuando Catalina lo oía cantar era como si estuviera en la mar, y sólo con aspirar se le abría el pecho, y los ojos se le llenaban de lágrimas.
(Fragmento de La cueva, de Ellas tampoco saben por qué, de María Gutiérrez, Idea, 2013)