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De perros y personas

Hoy, obsrvando a mi perro, he comprendido, por fin, el significado de las referencias. Si le cambio un objeto de sitio, se machaca. Si lo cojo en brazos y lo dejo en cualquier otro lugar, se paraliza; no se mueve porque no sabe dónde está. Sus puntos cardinales son la cuna, el bebedero, el plato y las puertas de salida de la casa. En el jardín, si muevo una maceta, se pierde y se pone a dar vueltas buscando el principio del camino de regreso, un espacio familiar para poder situarse.
Mi perro se desplaza contando pasos y escalones, olfateando obstáculos y esquinas guíado por su magnífica brújula. Yo no he perdido, aún, los sentidos de la vista y del oído como mi mascota, y, sin embargo, me perdí hace tiempo, desorientada mi brújula interna -que la tengo, como él- y el paisaje se me desdibuja, y me golpeo, y no puedo regresar a casa, tanto tiempo añorada. He de reactivarla, o arrancarla de las manos ajenas donde la deposité algún día...

Luna de Santa Ana

Esta noche, desde mi azotea se ve la luna enorme en un cielo negro, cerrado, brillando con mucha fuerza, a pesar de que un poco de tierra del desierto le suaviza las lindes, ¿será el reflejo de tanta luz?
Estoy sola y la miro y me quiere atraer, y por momentos olvido que no está viva, que no tengo que temerle, pero mete miedo, tan grande sobre mi cabeza.
Si la miro a través del objetivo de mi cámara se mueven sus facciones y me gruñe, me retiro del visor y se aleja.
Tan brillante en el cielo, sofocando destellos adversarios, tan clara mi azotea a media noche, que tengo que asomarme para contemplar las matas del jardín, se ven las flores y las hojas del drago, las ramas de los árboles sobre la tierra: las sombras que va dejando la luna. Demasiadas.